Prevención del delito juvenil: una exigencia estructural desde la criminología crítica

 

Prevención del delito juvenil: una exigencia estructural desde la criminología crítica

El delito juvenil no es un contagio, ni una desviación individual, sino la expresión de fracturas organizadas y sociales que conmueven asimétricamente a la juventud. En sociedades manifiestas por la desigualdad, la supresión y la violencia estructural, la respuesta tradicional ha sido sancionar y etiquetar a jóvenes en problemas con la ley, sin pensar las causas profundas que los estimulan hacia recorridos delictivos. Como futuros profesionales de la criminología, nos incumbe deconstruir este enfoque restrictivo y plantear alternativas que aconsejen, contengan y transformen.

 imagen 1 (Prevención del Delito, 2025).


La prevención del delito juvenil no consigue reducirse a campañas de concientización o a controles policiales. Solicita políticas públicas exhaustivas, con enfoque a largo plazo, que aborden desde la niñez los factores de riesgo y desarrollen los factores protectores. La criminología actual debe ser, ante todo, una herramienta de justicia social.

I. Concibiendo el delito juvenil desde su raíz: ¿quiénes delinquen y por qué?

Las estadísticas no engañan: la mayoría de los jóvenes privados de libertad proceden de contextos de pobreza, abandono institucional, deserción escolar, violencia intrafamiliar, consumo de drogas y medios violentos. No surgieron delincuentes; fueron colectivizados en condiciones que disminuyeron sus conformidades y encubrieron su percepción del futuro.

El sistema penal juvenil, remotamente de reinsertar, varios ciclos reproducen signos, interrumpe procesos educativos y vigoriza identidades delictivas. Esto se decae con políticas populistas punitivas que originan la reducción de edades de imputabilidad o la exageración de penas, desconociendo la realidad empírica sobre su inutilidad y alto costo social.

La criminología crítica plantea un negocio de enfoque: desistir de mirar el delito juvenil como un fenómeno propio, y abordarlo como una locución colectiva de diferencia y exclusión.

II. Prevención temprana: la clave que el Estado continúa olvidando

La efectiva prevención del delito juvenil aborda más antes del primer acto delictivo. Emprende en la infancia, con el acceso a derechos esenciales: enseñanza, salud mental, sustento, afecto, oportunidades.

Programas de cuidado a la niñez en peligro, como “Crecemos Seguros” o “PANI Cuida”, han señalado que la intrusión temprana, conducida de redes de apoyo, reduce elocuentemente la posibilidad de involucramiento en acciones delictivas. No obstante, estos esfuerzos insisten en ser inconclusos, con frágil cobertura, insuficiente inversión y sin persistencia interinstitucional (Patronato Nacional de la Infancia ).

La escuela, por ejemplo, convendría ser un refugio de prevención. Pero la supresión educativa continúa siendo uno de los importantes predictores de la criminalidad juvenil. La deserción escolar es perspectiva como un inconveniente del alumno, cuando en contexto es la señal de un sistema que no se adecua a situaciones diversas ni responde trayectorias formativas continuadas.

Programas de prevención secundaria: ¿se está intercediendo a tiempo?

La prevención secundaria se describe a la intervención directa con jóvenes en contexto de riesgo o ya en contacto con gobiernos delictivos, pero aún no judicializados. En Costa Rica, ciertas decisiones matizan por su enfoque preventivo, como los programas de Espacios Seguros Juveniles del IAFA, o las labores de trascendencia de las Oficinas Locales de Juventud.

Asimismo, hay prácticas relevantes desde la sociedad civil, como programas deportivos, artísticos y de mentoría, que vigorizan la autoestima, las redes sociales positivas y el sentido de pertenencia. Estas actividades son valiosas, pero están desunidas de una política de prevención juvenil sólida y nacionalmente acoplada.

Frecuentemente, las fundaciones actúan de manera paralela, sin colaborar análisis ni estrategias. Tampoco hay un método de alerta temprana eficiente, que acceda a revelar signos de peligro (violencia en el hogar, consumo de drogas, deserción escolar) y activar rutas de vigilancia completadas.

La prevención secundaria demanda urgencia, coordinación y capacidad de réplica. Pero en varios casos, los jóvenes solo son perceptibles para el Estado cuando cometen un delito.

IV. Sistema penal juvenil: un instrumento que debe ser restaurativa, no punitiva

Cuando la prevención falla, el joven ingresa al sistema penal. Aquí, el gran conflicto es la falta de enfoque restaurativo y didáctico. Si bien la Ley de Justicia Penal Juvenil en Costa Rica involucra principios garantistas, en la experiencia aún se privilegia la reclusión sobre la reinserción.

“La Justicia Juvenil Restaurativa es un procedimiento legal, que permite resolver conflictos penales juveniles por medio de la utilización del diálogo y la búsqueda conjunta de soluciones, con una participación activa de la persona ofensora, la ofendida y la comunidad” (Poder Judicial, 2021).

Los centros penales juveniles están sobrepoblados, con situaciones que no ayudan el progreso integral. La oferta formativa y laboral es escasa, y la atención psicológica, restringida. En lugar de atenuar un proceso de responsabilización y variación, se concluye reforzando las identificaciones punibles, destrozando lazos familiares y reproduciendo el lapso de excepción.

Un sistema penal juvenil seguro debe competir por penas disyuntivas, métodos restaurativos, trabajo urbano, terapia propia y grupal, sobre todo, una compañía post-penal que paralice la reincidencia.

Reinserción no es librar y olvidar. Es edificar condiciones para que el joven no vuelva al delito.

V. Contribución juvenil: el actor desconocido en las políticas públicas

Uno de los errores más frecuentes en las estrategias de prevención del delito juvenil es conversar sobre los jóvenes, sin conversar con ellos. Las políticas se plantean desde escritorios colectivos, sin alcanzar las dinámicas culturales, barriales o emocionales que traspasan a los jóvenes en riesgo.

Los jóvenes no solo son favorecidos; compensan ser intérpretes. La prevención será más segura si contiene liderazgos juveniles, redes de pares, espacios de participación, creación política, operación comunitaria y reconocimiento del valor de su práctica.

Varios jóvenes que hoy infringen, podrían estar advirtiendo el delito si se les examina su voz y se les abren caminos de innovación.

Conclusión: una criminología que perciba, actúe y convierta

La prevención del delito juvenil no es un inconveniente técnico ni moral, sino un compromiso político, ética y estructural. Demanda voluntad estatal, cambio sostenido, determinaciones territoriales, sobre todo, una innovación del enfoque: desistir de ver a la juventud como amenaza, y reconocerla como viable.

Como futuros criminólogos y criminólogas, no logramos seguir percibiendo desde la distancia. Corresponde salir del aula y del informe, y faltar prontamente en la construcción de políticas públicas preventivas, restaurativas e intensamente humanas. El delito juvenil no se disputa con mano dura, sino con mano justa, mente crítica y corazón expuesto.

Referencias 

Poder Judicial. (2021). Obtenido de Justicia Juvenil Restaurativa: https://justiciarestaurativa.poder-judicial.go.cr/penal-juvenil

(s.f.). Obtenido de Patronato Nacional de la Infancia : https://pani.go.cr/sobre-el-pani/programas/


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